Votos, Presidentes, Promesas y Responsabilidad: Por Qué Defender la Democracia Nunca Es Opcional

Por Ben Monterroso, Asesor Senior de Poder Latinx

Preocupado por los ataques a la participación democrática, le pregunté al app de AI si históricamente hemos tenido algún presidente que haya obstruido el derecho de los votantes o promovido barreras de participación electoral, y esto fue lo que me dijo: que, aunque en la historia de Estados Unidos la mayoría de los presidentes han respaldado la expansión del voto —como Lyndon B. Johnson cuando firmó la Ley de Derecho al Voto de 1965— también ha habido intentos modernos desde la Casa Blanca de imponer requisitos que podrían limitar la participación de votantes elegibles.

En este Día de los Presidentes, y a solo una semana del mensaje sobre el estado del país, esa respuesta me hace reflexionar.

Me hace pensar en algo muy sencillo, pero muy poderoso: la democracia no se hereda, se defiende. Y el derecho al voto no es un regalo; es una conquista.

He pasado mi vida organizando trabajadores, defendiendo los derechos de la comunidad migrante  y luchando por justicia económica. He visto a madres trabajar turnos dobles para sacar adelante a sus hijos. He acompañado a trabajadores de la limpieza que se levantan antes del amanecer y regresan a casa cuando ya cayó el sol. He estado en ceremonias de naturalización donde nuevos ciudadanos levantan la mano derecha y hacen un juramento que cambia su vida para siempre.

En esos momentos, el voto no es una teoría. Es una aspiración. Es dignidad. Es pertenencia.  

Por eso me preocupa cuando escucho narrativas que buscan sembrar desconfianza en el proceso electoral o que promueven requisitos innecesarios que podrían excluir a votantes elegibles. Hoy, el ejemplo más evidente es el Save America Act, que acaba de ser aprobado por los republicanos en la Cámara de Representantes, y si se aprueba también en el Senado, de seguro se convertirá en ley bajo la actual administración federal. Eso sería un golpe bajo a los votantes y a la democracia. 

Aunque un votante elegible no debería temer presentar los documentos requeridos, el solo hecho de saber que su derecho al voto podría ser cuestionado por un tecnicismo en sus identificaciones, o por cómo luce —una forma de discriminación racial y de género—, crea un efecto de intimidación electoral que va directamente en contra de los principios de una democracia sana.

La historia nos muestra contrastes claros. El ex-presidente Lyndon B. Johnson entendió que sin eliminar las barreras raciales al voto, nuestra democracia era incompleta. Décadas después, el presidente Joe Biden emitió órdenes ejecutivas para ampliar el acceso y facilitar el registro de votantes. Son ejemplos de liderazgo que reconocen que la democracia se fortalece cuando más personas participan.

Pero también hemos visto acciones en la dirección contraria, esfuerzos que, de haberse implementado plenamente, habrían hecho más difícil que millones de personas elegibles ejercieran su derecho al voto.

Ahí es donde entramos nosotros.

En Poder Latinx luchamos para que los votantes elegibles —ya sea en una elección local, de medio término, presidencial, o incluso en comisiones de servicio público que determinan cuánto pagamos por la electricidad— gocen de una participación libre y justa. Creemos que la democracia se practica en todos los niveles.

Sabemos que el voto no es un “fraude amplio” como algunos quieren hacer ver. Es el resultado del esfuerzo de generaciones que marcharon, que fueron arrestadas, que arriesgaron su vida para que hoy podamos depositar una boleta.

La democracia no es perfecta. Tiene fallas. Tiene sistemas anticuados. Tiene desigualdades reales. Pero la respuesta no es cerrar puertas, es abrir camino para fortalecerla responsablemente. 

En este momento político, cuando escuchamos discursos sobre el estado del país y se acercan elecciones importantes, debemos recordar que la rendición de cuentas comienza con la participación. No podemos exigir cambios si no estamos presentes.

Y para quienes hemos visto a una persona convertirse en ciudadana, con lágrimas en los ojos y orgullo en el corazón, sabemos que el derecho al voto no es algo que se toma a la ligera. Es una promesa para nuestros hijos ciudadanos y las familias naturalizadas.

Una promesa de que su voz importa.
Una promesa de que su historia cuenta.
Una promesa de que este país también es suyo.

Una responsabilidad y oportunidad para hacernos escuchar.

Mientras haya intentos de limitar esa promesa, ya sea con tecnicismos, discriminación o leyes que intimidan, seguiremos organizando, educando y movilizando.  Porque la democracia no se defiende sola. La defendemos nosotros. 

Mynellies Negron