El costo invisible de lo imprescindible: Cuando lo esencial tiene un precio que no siempre vemos, la justicia se vuelve urgente

Por Mynellies Negrón, Poder Latinx

Todo está blanco y quieto. Como si el mundo se hubiera reducido a una postal invernal. La nieve cubre calles y tejados, rastro de una feroz tormenta invernal que arropó gran parte del país. En mi casa, el invierno obligó a subir la calefacción y, mientras veía los copos caer frente a la ventana, una pregunta no me soltaba: ¿qué sorpresa traerá la próxima factura de electricidad?

Esta inquietud no es solo mía. Tan inevitable como la nieve en enero es el alto costo de la luz que muchas familias enfrentan. Detrás de cada hogar hay decisiones invisibles, momentos en que lo esencial se vuelve un lujo silencioso. Y la presión no termina con el invierno: cuando llegue el verano y el calor apriete, encender un ventilador o el aire acondicionado será otro dilema, otro golpe al bolsillo.

Cuando las temperaturas extremas llegan, no se sienten igual en todos los hogares. En algunos, cada grado exige un cálculo. Muchas familias deben elegir entre pagar la electricidad o comprar comida y medicinas. Detrás de esos números hay historias reales: padres que bajan la calefacción para que alcance para sus hijos, personas mayores que viven a media luz para estirar el presupuesto, familias que renuncian a refrescarse en verano para poder pagar el alquiler.

Algo tan básico —y tan costoso— como la electricidad nos recuerda que no es solo un servicio: es justicia económica y social. Cada decisión tarifaria impacta nuestra vida cotidiana, y en muchos hogares latinos el alto costo de la luz se traduce en estrés, inseguridad y desigualdad que se acumula mes a mes.

Por eso importa quién regula nuestros servicios públicos. No es un tema técnico: es humano. La gente no espera discursos, espera protección frente a aumentos injustos, transparencia de las compañías eléctricas y políticas que hagan la energía accesible, no exclusiva.

Cuando una familia debe elegir entre calentar su hogar o alimentar a sus hijos, algo anda mal. Cuando una persona mayor vive a oscuras para sobrevivir el mes, no hablamos solo de costos imposibles, sino de dignidad. La energía sostiene nuestra vida diaria, nos permite cuidar de quienes amamos y vivir con seguridad. Sin electricidad asequible, la desigualdad se enciende cada vez más.

Si queremos que la energía funcione para las familias, también necesitamos participar. Algunas formas simples de hacerlo son:

  • Hablar con nuestros representantes locales y estatales y pedir que prioricen tarifas justas, eficiencia energética y protección a los hogares trabajadores.

  • Participar en audiencias públicas o foros comunitarios donde se deciden aumentos y reglas para las compañías eléctricas.

  • Apoyar iniciativas de energía limpia y programas de asistencia que ayudan a reducir facturas y proteger a las familias en climas extremos.

La justicia energética significa energía limpia, segura y accesible para todas las familias. Significa pagar menos, vivir mejor y proteger nuestro futuro. La electricidad no debería ser un lujo: es un derecho que todas las comunidades merecen.

Hoy, mientras la nieve aún cubre mi vecindario, pienso en algo simple: nadie debería temer abrir su factura de luz. Nadie debería pasar frío o calor extremo por no poder pagarla. La energía que sostiene nuestras casas también puede iluminar un camino distinto, uno donde la dignidad no dependa del clima ni del tamaño de tu cuenta de banco. Porque la luz no solo se enciende con un interruptor, se enciende cuando actuamos juntos para que vivir con dignidad y seguridad no sea negociable.

Mynellies Negron